El sol ya estaba alto en el cielo cuando Catarina llamó a la puerta de la habitación de Lila, como siempre rebosante de energía. Su amplia sonrisa iluminaba el rostro y el entusiasmo de su voz no dejaba lugar para negativas.
—¡Vamos, cuñadita! —dijo animada, apoyando una mano en la cintura—. Nada de quedarte encerrada aquí. La hacienda es enorme, preciosa, y todavía conoces muy poco de ella.
Lila, que terminaba de arreglarse el cabello frente al espejo, dudó por un instante. Había algo intimida