El sol de la tarde caía perezosamente sobre los campos, tiñendo todo de tonos dorados y anaranjados. El cielo se extendía como un lienzo vivo, mientras el polvo levantado por los cascos de los caballos formaba una ligera bruma en el horizonte. El aroma del pasto recién cortado, el sudor y la tierra aún húmeda por el rocío de la mañana seguía flotando en el aire.
Desde el porche, Lila estaba sentada junto a Catarina y Maria, pero sus manos inquietas delataban la ansiedad que intentaba ocultar. S