Nosotros.
La noche llega sin pedir permiso y por primera vez en mucho tiempo no siento que estoy esperando algo malo. Eso debería tranquilizarme, pero no lo hace completamente.
Porque cuando la vida te acostumbra al caos, la calma también puede sentirse como una amenaza, como si en cualquier momento algo fuera a romperse.
La casa está en silencio, un silencio real. No el silencio tenso de cuando dos personas están evitando hablar, sino ese silencio extraño que aparece cuando ya no hace falta defenderse.