Cuando el coche se detuvo frente al departamento de Omar, mi corazón latía con fuerza, pero no por el motivo que él creía. Estaba furiosa, agotada de sus manipulaciones, de la forma en que creía que podía controlarme como si fuera su propiedad. Sentí el peso de su mirada mientras me quedaba sentada, sin intención de moverme.
—Baja del coche —me ordenó, su voz llena de una autoridad que me hacía hervir por dentro.
Me negué, apretando los puños. Mi mente estaba en caos, pero una cosa estaba clara