El teléfono de Alejandro sonó a las dos de la mañana.
Casi no responde. Seguía despierto, vigilando las cifras, actualizando los feeds, rastreando cada comentario y cada publicación compartida. El prefijo en la pantalla hizo que se le revolviera el estómago incluso antes de descolgar.
La voz al otro lado era tranquila y oficial. Le leyó los cargos: fabricación de pruebas, difamación y fraude.
Tras la llamada, Alejandro se quedó sentado en la oscuridad, mirando sus pantallas durante mucho tiempo