Valentina no sabía qué hacer con lo que estaba sintiendo.
Llevaba veinte minutos sentada en la parte trasera del coche, viendo la ciudad pasar al otro lado de la ventana, y todavía no había conseguido asentarse en ningún pensamiento sólido. Emilio estaba a su lado, en silencio, sin presionarla. Había aprendido a leer cuándo ella necesitaba espacio y ahora se lo estaba dando, algo que podía ser considerado o conveniente, y no lograba decidir cuál de las dos cosas era.
El problema no era que él