Ha pasado un mes desde que regresé a México. Pero se siente como un siglo. Paso la mayor parte del tiempo en mi habitación, tumbada en la cama, mirando al techo y recordando a Luca. Su rostro, su voz, su tacto. Todo sigue grabado con claridad en mi memoria, aunque él haya decidido desaparecer de mi vida.
Cada mañana, me despierto con la falsa esperanza de que quizás hoy me llamará. Quizás hoy aparecerá en la puerta de mi casa y dirá que cometió un error. Pero cada noche, me duermo con la amarga