Me desperté al día siguiente con la sensación aún revuelta. La fiebre había bajado, pero mi mente seguía llena de preguntas sin respuesta. Luca ya estaba despierto y sentado al borde de la cama, mirándome con sus ojos llenos de atención.
—¿Cómo te sientes? —preguntó.
—Mejor, pero mi mente sigue hecha un lío.
—Lo entiendo. Pero quiero que sepas que nunca te he mentido.
Asentí.
—Confío en ti.
Sonrió y besó mi frente.
Desayunamos en silencio. Todavía sentía la tensión entre nosotros, aunque Luca i