Al día siguiente, el ambiente en nuestra casa estaba lleno de una alegría inmensa. La Dra. Patricia había aceptado ser testigo, y con su testimonio, estaba segura de que la justicia llegaría pronto. Luca me abrazó con fuerza, besó mi frente y me prometió que todo terminaría bien.
Pero la felicidad no duró mucho.
Mientras disfrutábamos del desayuno en la terraza de la casa, mi teléfono sonó. Miré la pantalla y me quedé helada. El número me era muy familiar: era el de la oficina central del St. A