Después de la primera audiencia, mi teléfono no dejó de sonar. Al principio pensé que eran mis abogados o quizá periodistas que ya habían oído la noticia. Pero resultaron ser mis antiguos colegas médicos con los que trabajaba en el hospital. Todos me llamaban con el mismo tono de voz: sorprendidos, curiosos y, extrañamente, más centrados en Luca que en mi caso.
—No puedo creer que te hayas casado con Luca Vitale. ¡Ese magnate italiano!
—Sí. Me casé con él —dije.
—¡Dios mío! ¡Vi su foto en una r