Después de que todo el caos se hubiera calmado, me paré frente al espejo del baño. El agua caliente aún goteaba de mi cabello mojado, humedeciendo mis hombros desnudos.
Tomé la lencería que había preparado—una pieza de encaje negro, fina, que casi no cubría nada. La había comprado semanas atrás en Milán, pero nunca la había usado.
Me la puse lentamente, sintiendo la seda fría rozar mi piel. La tela se ajustaba a mi cuerpo a la perfección, marcando cada curva que tenía. Miré el espejo una vez má