Su pelo llevaba un brillo dorado bajo el sol, parecía gentil, pero su aura era poderosa. Las mangas de sus brazos estaban remangadas, revelando partes con venas tensas y el hombre que había estado gritando hacía un momento se marchitó de repente como un pollo enfermo.
—Señor Vicente, ¿cómo has venido a un suburbio tan remoto? ¿Quieres jugar un partido? —el hombre quiso conocerle, pero no le hizo caso y se puso delante de mí.
Me miraba a mí y a Javier y me preguntó Javier:
—Teresa, ¿quién es?
—No