Cap. 33
—Señorita… no tenemos tiempo. —Carraspeo al llevar su mano a su boca, y ella se giró secando sus lágrimas, que fueron solo algunas.
— ¡Dígame señor Sánchez! —Respondió al mirarlo, quedando perplejo el trigueño de unos ojos tan verdes; como lindos, además de las pequeñas pecas que adornan sus pómulos.
—Primero que nada le debo una disculpa solo soy un guardaespaldas, que sigue ordenes de su jefe y sé que mantenerla cautiva, no es legal en nuestro país, pero mi jefe cometió el error de…
—De equiv