Levanté mi mirada al cielo y dije las misma palabras que estuve diciendo durante los últimos dos días.
—Danos todo el tiempo del mundo, señor —musité, sin poder evitar que los ojos se me empañaran.
Volví a mirar al frente. La ciudad dormía y hacía mucho frío. Estaba en el balcón del departamento de Antoine, pensando. Eran las cuatro de la madrugada.
Sentí un par de brazos, rodeándome desde atrás.
Cerré mis ojos y recosté mi cabeza en el pecho fornido de mi futuro esposo. Sonreí ante la idea de