El reloj marcó las ocho de la noche cuando Seo-jun entró en el vestíbulo del hotel con una sonrisa en el rostro. Había pasado la tarde recorriendo Londres con los bailarines, contagiado por su energía vibrante y juvenil. Riendo y bromeando, pasearon por Covent Garden, disfrutaron de la vista del Támesis y observaron el ajetreo de Piccadilly Circus. El bullicio de la ciudad les brindó una sensación de libertad que Seo-jun no había experimentado desde hacía mucho tiempo. Ahora se sentía relajado,