Matthew caminaba de un lado a otro, incapaz de quedarse quieto. Las paredes blancas del hospital le resultaban opresivas, y el aroma a desinfectante parecía invadir cada resquicio de sus pensamientos. No podía concentrarse en nada que no fuera la imagen de Emilia postrada en una cama, luchando por sobrevivir. El reloj en la pared marcaba el paso del tiempo, pero para él, cada segundo era una eternidad.
Emma estaba sentada, con la cabeza entre las manos, agotada tanto física como emocionalmente.