MILA
Entro en el despacho con la bandeja de comida, y mis ojos se encuentran con los de Maximiliano. Esos ojos verdes que me atraviesan, que me hacen sentir como si estuviera desnuda ante él. Me pongo nerviosa, mi corazón late con fuerza en mi pecho, y mis manos tiemblan ligeramente mientras dejo la bandeja encima de la mesa.
—Buenas noches —le digo, intentando sonar calmada y serena, pero mi voz sale un poco temblorosa.
—Buenas noches, Mila —me responde él, con un tono agrio y distante que no