—¡Hola, hermanita! —dije, extendiendo el teléfono—. ¿Qué pasa?
Verónica apareció en la pantalla con un rostro lleno de escepticismo. Bastaba con mirarla para saber que éramos parientes. Teníamos el mismo cabello oscuro y los mismos ojos; la única diferencia entre nuestros rostros, aparte de nuestro género, era que yo heredé los rasgos esculpidos de papá, con ángulos marcados y pómulos altos, mientras que Verónica tenía los rasgos suaves y delicados de mamá.
—¿Para qué es el look?—, pregunté. Mi