Observé sin palabras como el empleado del hotel le entregaba el estuche de mi madre a su nuevo dueño.
—Señor, pudimos habérsela enviado a su domicilio en algunas semanas...
El señor Riva negó y abrió el estuche. Sacó la gargantilla.
—No es necesario. Puedes irte.
El empleado se marchó y nos dejó a solas en una habitación privada del hotel. La subasta ya había terminado, y la única cosa que realmente había querido salvar, estaba conmigo.
—Gírate.
Lo hice y depues de quitarme el collar