—¡Dime qué idiota se atrevió a golpearte!
¿Podría decirle qué había sido mi padre, el esposo de la mujer que tanto amaba? No, no podía ser así de imprudente. Él me odiaría a mí también.
Con rapidez limpié la sangre de mi labio. No era la primera vez que alguien me golpeaba, el señor Fabian solía hacerlo muy seguido.
—Tropecé...
—¡No mientas, ni se te ocurra hacerlo!
Di un paso atrás y sacudí la cabeza. Si no podía engañarlo, solo podía evadirlo.
—No... importa —dije, sintiendo escocer la