Miré los pequeños diamantes de 18 kilates adornando la sortija dorada en mi dedo; era grande, hermosa, y seguramente única. Apreté el puño, sintiendo el oro y el peso de esa joya.
—¿Te gusta? —inquirió, ignorando lo pálida que estaba.
Después de tan inesperado anuncio, el coctel continuó. Y ahora, solo Gustave y yo permanecíamos en un rincón.
—¿Por qué dijiste que estuvimos juntos en el extranjero? —le pregunté, evadiendo su propia pregunta.
Él me acarició el cabello, rozando la horquilla e