Tratar de ser completamente sincera con mi esposo, decirle todo, confesar todo.
Esa fue mi resolución, lo fue hasta que alcancé el último piso y entré al corredor principal. Pues antes de poder alcanzar la habitación de mi marido, esa resolución cambio por completo, gracias a la inesperada vista frente a mí.
Miré las finas manos blancas de Isabela descender por el pecho de mi esposo y colarse bajo su abrigo, yendo más allá de su camisa. Observé como su esbelta espalda se arqueaba contra él.