C4: ¡PROTEJAN A MI HIJO!

Los murmullos comenzaron a extenderse entre los presentes. Aidan, por su parte, se mostró sorprendido.

—¿Cómo... es posible?

—Cuando me marché a Argán —explicó Somalia—, fue allí donde descubrí que estaba embarazada de usted.

En medio de ese caos, Asiget permanecía en pie junto a Aidan, su interior se encontraba completamente desbordado. Sentía cómo el estómago se le revolvía, como si aquella revelación hubiese alterado su equilibrio.

La celebración de bienvenida terminó en un anuncio inesperado que sacudió al Clan.

*****

Una semana después de aquel incidente, Somalia dio a luz a un cachorro.

El Alfa ordenó que se realizara un ritual de sangre, el cual confirmó que el niño era suyo. Entonces, él anunció de inmediato que Somalia y el niño se quedarían en el palacio, pero no le dio a Somalia una posición clara.

Esto inquietó a Asiget. Dudó si contarle al Alfa sobre el embarazo, pues temía que se iniciara otro conflicto; su relación con Aidan se había vuelto tan frágil como el hielo fino, a punto de romperse en cualquier momento.

Por lo tanto, no tuvo más remedio que ir a buscar a Somalia a su alcoba.

Somalia, tras recibirla, esbozó una sonrisa leve y realizó una inclinación de cabeza.

—¿En qué puedo ayudarla, señora Luna?

—Somalia... Preferiría que dejáramos de lado las formalidades —expresó Asiget—. No he venido como Luna… he venido a hablar con mi hermana.

Somalia alzó la cabeza, y su sonrisa se acentuó.

—Sabía que vendrías a buscarme —respondió.

—Felicidades por tu cachorro —articuló Asiget—. Me gustaría saber… ¿cómo se llama?

Somalia dirigió la mirada hacia una pequeña cama en donde el bebé yacía dormido.

—Se llama Nathan.

—Es un buen nombre. —Luego, su expresión cambió de manera sutil—. Quiero preguntarte algo. Dime, ¿aún amas al Alfa? —cuestionó—. Estoy segura de que él aún te ama. Si tú también lo amas y eres sincera conmigo, no me interpondré. Seré su esposa ante el Clan, pero sé que será a ti a quien dedique su tiempo. No intentaré separarlos.

Somalia entrecerró los ojos.

—Deja de fingir. Eres una hipócrita.

Asiget se sobresaltó ante la dureza de esas palabras.

—¿Qué estás diciendo?

—No te hagas la ingenua. Estabas feliz cuando me enviaron a Argán y te informaron que debías casarte con el Alfa. Aceptaste sin oponer resistencia. ¡Ni siquiera intentaste negarte!

—No podía hacerlo. De la misma forma en que tú no pudiste negarte a ser enviada a Argán, yo tampoco tenía la posibilidad de rechazar este matrimonio…

—Me traicionaste, Asiget. Pagarás con lágrimas de sangre por tu traición.

Somalia se giró y extrajo de su interior una tijera. Y se hizo un corte en la palma de la mano derecha y la sangre comenzó a brotar.

—¿Qué estás haciendo? —cuestionó Asiget, alarmada.

Luego, sus acciones comenzaron a tornarse aún más perturbadoras. Somalia rasgó la ropa del bebé y utilizó la tijera para provocarle una herida leve en el vientre. La piel del niño se abrió lo suficiente para que surgiera un hilo de sangre. El pequeño, asustado, se despertó y rompió en llanto.

Asiget observó la escena con horror.

—¡Somalia, detente!

Se lanzó hacia ella para impedir que continuara. Ambas comenzaron a forcejear, intentando controlar la tijera que Somalia aún sostenía.

El forcejeo fue intenso, pero finalmente Asiget logró quitarle la tijera de las manos. De pronto, Somalia retrocedió y comenzó a gritar.

—¡Auxilio! ¡Auxilio, por favor! ¡Ayúdenme!

En cuestión de minutos, los gritos atrajeron la atención de quienes se encontraban cerca. Criados, guardias y demás miembros del servicio acudieron apresuradamente.

Somalia se acercó hacia la cuna, colocándose junto a su hijo como si buscara protegerlo del peligro.

—¡La señora Luna se ha vuelto loca, quiere matarnos!

Asiget quedó paralizada ante aquella acusación, pero todos vieron que ella sostenía unas tijeras manchadas de sangre.

Fue entonces cuando, alertado por el alboroto, Aidan llegó finalmente al lugar.

—¿Qué está sucediendo aquí? —exigió saber.

—¡Alfa, por favor, ayúdeme! —imploró Somalia—. La señora Luna intentó atacarnos. Me atacó a mí… ¡y también quiso hacerle daño a mi hijo!

—¡Yo no he hecho nada! —se defendió Asiget.

—¡Me arrebató las tijeras y me apuñaló no solo a mí, sino también a nuestro hijo! Alfa… mi vida no importa, pero mi hijo… Por favor, ¡protéjalo!

Asiget bajó la mirada hacia su propia mano y entonces reparó. La soltó, y el instrumento cayó al suelo.

—Alfa, por favor, escúcheme —suplicó, pero sus palabras parecieron perderse antes de alcanzar algún significado en medio del caos.

—¡Llamen al curandero, ya! Que atienda a la señorita y al cachorro —ordenó Aidan.

Luego, avanzó hacia Asiget la sujetó del brazo y, clavando sus dedos en su piel, empezó a jalarla.

—¡Guardias! —los lobos se aproximaron con rapidez, alertados por el tono imperativo de su líder. Sin vacilar, Aidan empujó a Asiget hacia ellos—. Enciérrenla en la mazmorra —ordenó.

—No, no… ¡Alfa, escúcheme, por favor! —suplicó—. ¡Yo no he hecho nada malo, se lo juro! —pero él ya le había dado la espalda. Simplemente la ignoró.

Los guardias la condujeron sin contemplaciones hasta la mazmorra. La celda en la que fue encerrada era fría, húmeda, y parecía devorar cualquier rastro de esperanza.

Al día siguiente, Aidan fue a la celda.

—Asiget, quiero que vengas conmigo —declaró.

Asigent pensó que le habían dado la oportunidad de defenderse, hasta que descubrió que Aidan la había conducido al centro del bosque, la frontera del Clan.

—Alfa, ¿qué hacemos aquí?

Fue entonces cuando un sonido llamó su atención. Otra carroza se acercaba, hasta detenerse cerca de ellos. De su interior emergió un hombre.

—Aquí está lo prometido, D'Artagnan —expuso Aidan.

D'Artagnan dio un asentimiento.

—Perfecto. El Clan Argán ha cumplido su parte y le ha devuelto a Somalia a cambio de que Midgar nos entregue e su melliza. Es ella, ¿no es así? —fijó la mirada en Asiget.

—Sí, es ella —Aidan indicó a los guardias que tomaran a Asiget y la acercaran a D'Artagnan—. Como les dije, tiene un problema en la pierna, pero eso no afecta su sangre.

Asiget se quedó en shock al escuchar de lo que hablaban. Finalmente entendió lo que estaba ocurriendo. Aidan había recuperado a Somalia, y a cambio la estaba entregando a ella.

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