Mundo ficciónIniciar sesiónAidan y Asiget no compartían la misma alcoba.
Por esa razón, cuando él se dirigió a la alcoba de Asiget esa tarde, ella se puso nerviosa. No era habitual que él tomara la iniciativa de buscarla, a menos que se tratara de un asunto que la involucrara directamente en su posición dentro del Clan.
Sin embargo, en esta ocasión, Asiget ya sabía a qué se debía su inesperada visita.
—Somalia volverá al Clan Midgar —anunció Aidan—. He ordenado que se prepare todo para recibirla aquí, en el palacio.
Asiget empezó a restregarse las manos debido a la inquietud que la invadió.
—¿Aquí? ¿Por qué aquí? —preguntó, sin que su tono sonara a reproche.
—¿Por qué no habríamos de recibirla aquí? —inquirió Aidan—. ¿Acaso no estás feliz de que tu hermana esté de vuelta?
—No es eso… Pero ella fue su prometida. ¿No se vería inapropiado que viniera a vivir en nuestra casa?
Aidan frunció el ceño ante la pregunta, como si le resultara innecesaria o incluso fuera de lugar.
—¿Y qué es lo que propones? ¿Que viva sola en la casa que pertenecía a tu padre? Ese lugar está vacío desde hace dos años desde que él falleció. ¿De verdad quieres que Somalia permanezca allí, completamente sola?
El tono de Aidan hizo que Asiget se sintiera reprendida, por lo que ella bajó la cabeza.
—El Alfa de Argán ha muerto —dijo—. Como dicta la norma, las concubinas que no compartieron su lecho pueden regresar.
Asiget permaneció callada. No había espacio para objeciones. No había lugar para cuestionamientos que no fueran interpretados como falta de empatía.
La llegada de Somalia fue preparada, y cuando finalmente la carroza se detuvo frente al palacio, tanto Aidan como Asiget se encontraban allí para recibirla.
En cuanto Somalia descendió, lo hizo con elegancia, inclinándose con respeto ante ambos, como dictaban las normas. Llevaba un vestido amplio y holgado, nada que se ajustara a su cuerpo, pero aun así su belleza resaltaba.
—Es un honor volver a verlo, Alfa de Midgar… y a usted, señora Luna —expresó.
—Bienvenida de vuelta a Midgar, hermana —dijo, procurando que su voz reflejara la cordialidad esperada.
Somalia se acercó a ella y la envolvió en un abrazo, un contacto que rompía momentáneamente con la rigidez del protocolo. Asiget se sorprendió y se paralizó, a lo que no correspondió al abrazo.
Poco después, Somalia se apartó con delicadeza.
—Ahora usted es la señora Luna de este Clan. Sé que no debería acercarme de esa manera, pero al menos por esta vez quería abrazar a mi hermana.
—No te preocupes… seguimos siendo familia —respondió Asiget.
De pronto, la voz de Aidan sonó entre ambas.
—Soma...
La forma en que pronunció su nombre le provocó dolor al corazón de Asiget. Había calidez en su tono, una cercanía que nacía desde el fondo de su ser y se transmitía en la forma en que lo dijo.
Por un instante, sintió que no debía estar allí. Aunque era la esposa, se percibió como una intrusa en un vínculo que existía mucho antes que ella.
Esa percepción se intensificó cuando Somalia y Aidan sostuvieron miradas. No era un simple intercambio visual; había en ese acto una historia compartida, recuerdos que parecían latir entre ellos sin necesidad de palabras.
—Un sirviente se encargará de mostrarte tu alcoba —indicó Aidan a Somalia—. Aséate y descansa. Esta noche habrá una celebración en tu honor aquí, en el palacio.
Somalia asintió con elegancia, aceptando la indicación sin cuestionamientos.
—Como usted diga, Alfa. Con permiso.
Tras inclinarse levemente, avanzó hacia el interior del palacio, desapareciendo poco a poco en el amplio vestíbulo.
Aidan dirigió entonces su atención hacia Asiget.
—Fuiste muy fría con Somalia —señaló sin rodeos—. Es tu hermana, y está sola. Deberías ser más amable con ella.
Asiget bajó la cabeza en cuanto escuchó el reproche.
—Lo siento, Alfa. Fue solo la impresión de volver a verla después de tanto tiempo… no volverá a suceder.
—Eso espero.
*****
Con el paso de las horas, la noche terminó por llegar, el salón principal ya estaba lleno. Miembros importantes del Clan se encontraban reunidos. Todas las miradas se dirigieron hacia ellos al verlos entrar, reconociendo la autoridad que representaban.
Guiados por esa atención, Aidan condujo a Asiget hasta el estrado. Una vez allí, alzó la voz lo suficiente para dirigirse a todos los presentes.
—Como ya saben, esta reunión ha sido convocada para dar la bienvenida a Somalia —declaró—. Ella es la melliza de mi esposa. Ambas pertenecen a un linaje importante de Midgar, las únicas lobas que aún conservan el don en su sangre. La Luna del Clan y su hermana son las únicas que mantienen viva esa herencia.
Su mirada recorrió a los presentes.
—Por esa razón, Somalia es una figura de gran importancia para Midgar —añadió—. Y me complace anunciar que ha regresado, y que su regreso es definitivo.
Los presentes comenzaron a aplaudir, plenamente conscientes del valor excepcional que poseían las mellizas dentro del Clan. La sangre de ambas era capaz de actuar como escudo contra múltiples amenazas.
De pronto, Somalia dio un paso al frente y realizó una inclinación de cabeza.
—Se lo agradezco mucho, Alfa, por recibirme aquí. Estoy muy contenta de haber regresado. Me alegra volver a Midgar y que usted haya sido tan amable de permitir que me quede en el palacio.
Sin embargo, tras una pausa, su expresión cambió a una más seria.
—No quisiera arruinar este momento —continuó Somalia—, pero considero que es muy importante que sepa algo, Alfa.
—¿De qué se trata? —preguntó Aidan, intrigado.
—Alfa, no he regresado sola. He venido acompañada de alguien que está profundamente ligado a usted… y a su sangre.
—¿A qué te refieres? —inquirió Aidan.
Fue entonces cuando Somalia levantó su amplio vestido para revelar lo que ocultaba debajo. Una gran barriga estaba siendo cubierta por una túnica, lo que indicaba su embarazo y, considerando su tamaño, le faltaba poco para parir.
—Alfa, estoy esperando un hijo suyo. Este cachorro lleva su sangre.







