Apenas hacía tiempo que se había divorciado y ya había llegado a oídos de Salvador.
El dueño pronto trajo lo que habían pedido. Salvador colocó cortésmente los cubiertos frente a Andrea.
Andrea no se hizo de rogar y se metió un pincho de cordero en la boca.
Salvador, viéndola disfrutar la comida, sonrió y tomó uno también.
Mientras los dos conversaban y reían, comiendo con tanto gusto, Vicente llevaba tanto tiempo agachado que tenía las piernas entumecidas.
—Comida basura, ¿qué tiene de bueno?
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