El viento salado me acaricia el rostro mientras terminamos los últimos bocados del churro. Alejandro se estira como un gato al sol y me lanza una mirada cómplice, esa que ya empieza a resultarme familiar, como si compartiéramos un idioma que solo nosotros entendemos.
—¿Sabes nadar? —pregunta de pronto, con un brillo travieso en los ojos.
—¿Eso es una invitación? —Arqueo una ceja, divertida.
Él se levanta de un salto, se quita la camisa y los pantalones sin decir una palabra y empieza a correr h