VICTORIA
Respiro hondo, sintiendo cómo el aire frío llena mis pulmones, intentando calmar el torbellino de emociones que me asalta. Zarco me agarra del brazo, su voz es un susurro urgente que corta el silencio de la noche.
—Sí, Alan, estoy lista—digo mirando a Zarco—Y tú y yo hablaremos, pero más tarde. Ahora tengo planes.
Doy un paso hacia el auto de Alan, mi decisión tomada.
—Tenemos que hablar—insiste.
—No hoy, Zarco.
—No puedes dejarme así, tenemos que hablar— dice él, pero me suelto con un