Adalet comenzó a sentarse, su cabellera rubia hecha un desastre, cada músculo de su cuerpo le dolía enormemente, y su intimidad le ardía… A pesar de que el sudor la envolvía, y las marcas de la evidencia de la posesividad de su Alfa llenaban su cuerpo en chupetones y mordidas, quiso levantarse.
La hembra se acercó a la orilla, y comenzó a ponerse de pie.
—Quizá no sea una buena idea —susurró Zefor, sentado en la orilla, viéndola levantarse con torpeza y tambaleante.
—Es… Estoy bien,