Leonard
El eco de mi rugido aún resuena en las paredes del cuarto de contención.
Estoy arrodillado en el suelo, con el pecho agitado, mis manos aferradas a las cadenas de plata que tengo ancladas a la pared de piedra reforzada.
La piel me arde donde el metal toca mi carne, pero el dolor es insignificante comparado con lo que ocurre dentro de mí.
Mi lobo está fuera de control.
Nunca había sentido esta desesperación, este ardor en la sangre, esta necesidad instintiva y violenta de reclamar lo que