Solo la idea de que Aysel pudiera traccionarlo, de no tenerla a su lado, le afectaba demasiado. Cuando Emel le dijo que podía estar faltando a su orden, le hervía la sangre, más al pensar que estuviera aceptando también los coqueteos de Radolf.
Al bajar las escaleras camino más aprisa, al tenerla a su alcance la tomo con fuerza de la muñeca y la alejo de su hermano y su mejor amigo.
—Te di una orden Aysel, ¡no puedes obedecerla! —le grito furioso, sin dejar de apretar su muñeca.
—Te juro que