— Así que aquí estás… — dejó caer las llaves sobre la mesilla ante el sofá. — No puedes desaparecer así.
Dairon se encogió de hombros entre las mantas que lo envolvían.
— ¡ Ay niño mío!
El abrazo cálido de su tía lo hizo desmoronarse. Los trozos de sí mismo que se empeñó en mantener juntos enterrado en la oscuridad y el silencio de aquella cabaña se convirtieron en lágrimas que no fue capaz de contener.
— Déjalo salir… está bien llorar, sentirse incapaz de enfrentar al mundo, querer huir y