Dante se veía un poco desanimado, pero al mirarme, en sus ojos predominaba la preocupación.
—Quien debería disculparse soy yo por no haberte dado la seguridad suficiente.
—He dicho esto muchas veces, pero quiero repetirlo una vez más: Cariño y esposa mía, eres amable, bondadosa y hermosa. En ti radica la inteligencia, te graduaste de una de las mejores universidades, cocinas de maravilla y eres emocionalmente estable... tus cualidades no cabrían en las páginas de un libro. Pero no te supieron va