306. Miedos
Amber
Llevaba al menos cinco minutos con el teléfono entre las manos. El nombre de Gabriela brillaba en la pantalla y mi dedo flotaba sobre el botón de llamada, indeciso.
Sabía que tenía que hablar con ella, pero también sabía que esa conversación no sería fácil. Desde que salió del hospital y volvió a casa de su madre, Gabi se había encerrado en un silencio doloroso. Ni mensajes, ni llamadas. Solo el vacío de su ausencia.
Respiré hondo y presioné el botón.
El teléfono sonó tres veces antes de