La semana siguiente fue una dolorosa orquesta de músculos adoloridos, jaquecas persistentes, mucho sudor y esos horribles batidos de proteínas que Tori insistía en hacer. Si tuviera que probar otro de esos repugnantes batidos, podría nada más explotar y ya. Sin embargo, Tori tenía razón; eran buenos para mi cuerpo; no importaba cuánto se retorcieran mis papilas gustativas.
Una semana de arduo entrenamiento no me había convertido en una guerrera de sangre fría, pero al menos podía defenderme un