Capítulo ciento dieciséis: Muchas alegrías.
Cuando por fin estaciona, me dispongo a salir, pero él me detiene. Vuelvo a mirarlo y sus ojos cristalinos lo delatan,
— Lo entiendo princesa, no volveré a molestarte — yo solo asiento para bajar y apurar mis pasos hacia el edificio, con el corazón encogido en mi pecho y mis manos temblorosas.
Por suerte no hay nadie en casa cuando entro en mi apartamento, guardo las cosas y me encierro en mi habitación, por fin permito que las lágrimas vuelvan a escaparse, dejando que todas las emociones co