81. ¡Ella es solo mía!

Espoleó al caballo para que aumentase la marcha, el galope no cesaba aunque se sentía mal por el pobre animal.

Tenía que llegar rápido, conforme pasará el tiempo, sería lo que ella pasaría en los brazos de ese otro hombre, y no lo podía permitir.

Sebastián no había detenido a su caballo en horas. Lo empujaba más allá de lo que era prudente, más allá de lo que el cuerpo del animal podía resistir. Pero él no sentía el cansancio. No con la furia palpitando en su sangre. No con el vínculo tembland
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