Se sentó en la tumbona, con la mirada al frente, pues el resplandor del sol le dificultaba levantar la vista. Me acerqué a ella y me acomodé a su lado en la amplia tumbona, utilizando mi brazo para sostener su cabeza, creando una almohada improvisada. “Ashton me llamó ballena el otro día”, dijo.
“Menudo imbécil”, respondí, frotándole suavemente el vientre. Sentí las patadas del bebé y, con cada movimiento, se me aceleraba el corazón. Sabía que tenía que hablar seriamente con su hermano. Val y