Rosa…
Le ofrecí algo de beber, pues ya sentía mi propia boca seca. Me levanté, me dirigí a la cocina y me serví un vaso de agua. Cuando me di la vuelta, él estaba de pie detrás de mí. Me acercó hacia él.
Le rodeé el cuello con los brazos. Sus manos rodearon mis caderas. Su beso fue suave y tierno, casi como si temiera hacerme daño, pero unos segundos después, se hizo más fuerte, más apasionado. Me besó con fuerza y exigencia, haciéndome gemir.
“Eres mía”, gruñó mientras se apartaba. Seguía co