Adrián
Me froté la sien con la punta de los dedos e intenté no gemir en voz alta por el dolor que me palpitaba en la cabeza. Llevo varias horas en mi escritorio. Miro el reloj de oro que llevo en la muñeca. Tres horas, para ser exactos. Sin embargo, mientras estaba sentado frente al hombre que tenía mis ganancias anuales, no pude evitar que mis pensamientos se desviaran hacia la rubia que estaba en mi casa.
¿Qué estaba haciendo? ¿Cómo se las arreglaba con mis hijos? Casi maldigo en voz alta.