Me levanté de la mesa y giré la silla hacía la ventana, que me ofrecía una hermosa vista de Nueva York. Las luces de la ciudad brillaban en todas direcciones, creando belleza en la oscura noche. Era una de las cosas que más me gustaban de Nueva York.
Me levanté del asiento, metí las manos en el bolsillo y saqué el teléfono. Me quedé mirándolo unos instantes y finalmente pulsé el botón de llamar.
“Hola, Adrián”. Sonó una voz femenina en la línea telefónica.
“Hola, Sally”. Respondí al cabo d