Valentina llegó a Madrid con el dibujo enrollado en la mano.
No en una carpeta, no en una bolsa especial. Enrollado, sostenido con la mano como si fuera algo que necesitaba estar accesible en cualquier momento, como si hubiera decidido que ese dibujo específico requería ir en la mano y no guardado.
Tenía seis años.
Santi la seguía dos pasos atrás, con la maleta pequeña de los dos, y la expresión de quien sabe que lo que lleva su hija en la mano tiene un peso que va más allá del papel y los rotu