El sol de la tarde entraba en ángulo a través de los ventanales limpios de la oficina del director Sterling Thorne, proyectando sombras largas y elegantes sobre la alfombra persa. A sus cincuenta y dos años, Sterling portaba su autoridad como un traje a la medida: impecable, intimidante y de un poder discreto. Su cabello entrecano estaba peinado a la perfección y su saco gris carbón colgaba del respaldo de su sillón de cuero. Estaba revisando reportes disciplinarios, pero su atención volvía una