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Clara
Sola, desprotegida y amargada…
Eso es lo que los demás piensan de mí cuando no sé cómo explicarles que no tengo un mate y que vivo en una pequeña casa rodeada de montañas, árboles y animales salvajes.
—Pero te riges por las reglas de nuestro rey —aseguran algunos.
—En nuestra región no se permiten lobos salvajes. Todos debemos obedecer las mismas normas —me recuerdan otros, con tono de advertencia.
Mi respuesta suele ser la que esperan escuchar: sin detalles, sin explicaciones, solo lo justo.
Con el tiempo, he aprendido a no hablar mucho. A evitar preguntas. Aunque a veces… es inevitable.
Soy una loba solitaria, pero no puedo decirlo en voz alta. Para los licántropos, eso es escandaloso, un tabú. Debemos pertenecer a una manada, o al instante somos etiquetados como problemáticos y peligrosos.
Así que miento. Digo que vivo sola, pero que me rijo por las reglas del rey alfa. Suena menos rebelde. Menos solitario…
—Vaya, hoy tendré una buena cosecha —digo emocionada al descubrir un campo silvestre de lavanda—. Entonces sí eras real —susurro, aliviada. Mi caminata no ha sido en vano.
Salí anoche, transformada en loba, tras escuchar en el mercado a un par de comerciantes hablando en voz baja.
Uno le confesaba a su amigo que había encontrado lavanda silvestre al oeste. En esta región, la lavanda es preciada y costosa, considerada una planta exótica dentro del territorio licántropo, especialmente aquí, tan al este.
—Será cuestión de tiempo para que el rey la proclame de su propiedad —murmuro, mientras camino entre los tallos—. Debo aprovechar mientras siga siendo un secreto…
Corro entre las flores, feliz, con dos grandes canastas listas para llenarse. El olor es exquisito, embriagador, y me hace soñar con nuevas fragancias. Me pican los dedos de ansiedad por volver a mi taller y crear perfumes.
—Ah… con lo que gane, tendré cubierto otro año de estadía en el territorio del rey alfa… y tal vez me dé uno que otro lujo —celebro, arrancando las plantas con cuidado.
Después de llenar las cestas con tantas flores como puedo, corro, salto, bailo entre el campo y grito mi buena fortuna.
Y pensar que estuve a punto de no venir.
Este pequeño viaje es una locura, lo sé. Me dejé llevar por un impulso, solo por escuchar una conversación. Pero la necesidad de pagar mi siguiente año de estadía me empujó.
Aún no estoy lista para regresar a casa…
Este campo está lejos de mi hogar actual. He recorrido tierras desconocidas. Ha sido arriesgado… pero ha valido la pena.
Y, hasta ahora, nada malo ha sucedido.
Con ese pensamiento en mente, comienzo el camino de regreso. Me espera una larga caminata.
Horas después, el sol ya está por esconderse. Mis pies duelen, mi estómago ruge y mi boca está seca por la sed. Saco mi termo, pero está vacío.
—Necesito llenarlo de agua —musito.
Por suerte, hay un río cerca. Solo necesito caminar unos minutos más.
En cuanto llego al cúmulo de agua, pongo las cestas sobre una roca aplanada y me arrodillo para beber con desesperación. Luego hundo el termo para llenarlo.
Miro el cielo anaranjado y decido que ese es un buen lugar para pasar la noche. Recolectaré algunas ramas y haré una fogata.
Pero antes de levantarme para buscar la leña, escucho pasos fuertes. Amenazantes. Me ponen en alerta al instante.
Mi cuerpo tiembla. Los latidos de mi corazón retumban como truenos mientras varios escalofríos me recorren la espalda.
Aun con el miedo en el pecho, me pongo de pie, dispuesta a enfrentar lo que venga.
—¡Miren lo que tenemos aquí! —exclama una voz áspera.
Levanto la mirada y encaro al hombre que ha hablado. Me quedo petrificada al instante. Es enorme, con aspecto de malandro y mirada turbia.
No…
—¡Qué regalito tan delicioso nos ha dado el bosque! —espeta otro, con una sonrisa retorcida y la misma apariencia vulgar. Odio la forma en que me miran, su burla, su descaro… y lo que sus ojos insinúan.
Mi cuerpo tiembla aún más. El pulso se me acelera tanto que me cuesta respirar. Pero no me puedo mover. Estoy rígida, con los músculos tensos y la mirada clavada en ellos. Sé que mis ojos reflejan el terror que me consume.
Estoy muerta…
Pero lo peor es lo que puede suceder antes de que se roben mi aliento.
No quiero ser usada. No de esa manera.
Entonces, unos cinco hombres más emergen de entre los árboles y me miran como si yo fuera su cena.
Y entiendo que esta noche… podría ser la última.







