—¡Por favor, Elizabeth, cálmate! ¡Dime qué sucede, por favor! —Federico apenas podía sostenerla—. ¿Qué hice?
Ella logró soltarse de su agarre y le mostró la captura que Lucía le había enviado.
Lloraba desconsoladamente; estaba tan decepcionada que su dolor era palpable.
Federico tomó el teléfono, miró la imagen, y sintió que la cabeza le latía con fuerza. Sus ojos se oscurecieron, llenos de ira.
—Me dijiste que me habías extrañado... ¡y estabas con otra mujer! Me mentiste, y yo, como una tonta,