La lluvia golpeaba los cristales con un ritmo pausado, casi melancólico. El sonido era constante, hipnótico, como si el mundo allá afuera se estuviera deshaciendo lentamente en gotas de agua. La cocina estaba en penumbra, iluminada apenas por la luz cálida de la campana extractora. Alejandra sostenía una taza entre las manos, pero no había probado ni un sorbo de la infusión que revolvía de manera mecánica. Su mirada estaba fija en el teléfono sobre la encimera. La llamada de Clara aún resonaba