No le pidió que se vieran en un lugar público.
Ni siquiera le dio una dirección. Simplemente habló, allí en la parte trasera del taxi, con la ciudad desfilando ante la ventana, el conductor separado de ella por una mampara y el teléfono cálido contra su oído.
Su voz era pausada y serena, como la de un hombre que había estado ensayando algo durante mucho tiempo y que finalmente había llegado al momento en que el ensayo terminaba y comenzaba lo real.
—Necesito que entiendas algo antes de contarte