La villa Lancaster tenía un aire inquietantemente silencioso esa noche. Las luces cálidas apenas iluminaban las habitaciones, y el sonido del viento chocando contra las ventanas solo añadía más tensión a mi ya agitada mente. Caminaba de un lado a otro en la sala principal, observando cada pocos minutos por la ventana, esperando ver la figura inconfundible de Arzhel. Pero la espera se hacía interminable.
Cada sombra que se proyectaba en el camino me hacía parar en seco, esperando que fuera él. M