Ciprian apareció en la puerta con una sonrisa burlona, sacudiéndose el polvo de las manos como si acabara de terminar el trabajo más sencillo del mundo. Estaba tan tranquilo, como si lo que acababa de hacer fuera lo más común, como si hubiera entregado un paquete en vez de enviar a un hombre inconsciente al degolladero.
—El cerdo ya está en el camión con Cristopher —dijo, con una calma que casi parecía una burla, como si habláramos de cualquier cosa menos de la situación que teníamos entre mano