La noche seguía su curso, y el silencio entre nosotros se fue aligerando con las pequeñas bromas que Rune hacía, como si intentara devolverme la sensación de complicidad que alguna vez tuvimos. Pero no podía permitirme ser arrastrada por su encanto otra vez. Esta cena, todo este esfuerzo, era parte de su juego, y yo no iba a caer en la trampa.
El viento susurraba suavemente entre los árboles, y la luz de las velas continuaba parpadeando de una manera casi hipnótica. Los reflejos del lago daban