El día después del juicio tenía una calma inquietante, como si el mundo estuviera conteniendo el aliento. Habíamos ganado una gran batalla, pero nadie estaba celebrando. Todo estaba suspendido en ese breve instante entre el caos y lo inevitable, como el ojo de un huracán que amenaza con volver a desatarse.
Me encontraba en la oficina de mi padre, revisando algunos papeles que había dejado en mi escritorio la noche anterior. La luz del sol que entraba por el ventanal parecía más brillante de lo